Voy a intentarlo, a ser un poco optimista y presenciar un "brote verde" en mi... Aunque cuesta mucho, pero no quiero entristecerme (o indignarme) antes de tiempo. Lo cierto es que no quiero pensar tan mal del nuevo presidente de RTVE aunque para esto tengo que esforzarme y mucho.
RTVE ha sido durante estos últimos años mi página de cabecera. Así de claro, la usaba creo que hasta más que Google. Si quería informarme de algo: rtve.es; si quería conocer cómo había reaccionado España ante una victoria deportiva de alguno de los nuestros: rtve.es; si quería decidir qué película ver cuando estaba perdida: rtve.es; si quería alguna sugerencia para escuchar música: rtve.es. Siempre y casi a todas horas gracias a su impagable Alacarta. Ese almacén de cultura y entretenimiento. Por las mañanas arreglaba la casa con Juan Ramón Lucas; por la tarde me entretenía con Toni Garrido y su prole, a cualquier hora escuchaba gracias a sus podscast la que ha sido mi banda sonora de los últimos tiempos: A todo Jazz, Toma Uno, Cuando los elefantes sueñan con la música (gracias infinitas Berna). Todos y cada uno de los fantásticos espacios (de filosofía, viajes, literatura, entrevistas...) que han hecho que la radio y la tele pública sean mi primera y mejor opción. El miedo es infinito. Temo por Ana Pastor, Pepa Bueno, Mara Torres, creo que hasta por Punset!! Pero ¿cuál es la razón de este descaro? No puede ser su amiguismo al partido saliente del poder, porque no lo he notado jamás. Creo que han sido justos críticos con todos. ¿Será su neutralidad, su no obediencia total al partido entrante? Qué descaro.
Quiero pensar bien. Quiero que todos mis tiempos en pretérito imperfecto puedan tornarse presentes dentro de dos años cuando escriba, o hable, con alguien de lo mucho que uso, disfruto, veo y me informo con la tele y radio públicas. Tengo que ser optimista, o ingenua o una crédula porque sólo la idea de pensar que no es así, que se lo van a cargar me dan ganas de llorar.
Por pequeño que seas nada te impide estar tan loco como el que más. -Firmin, de Sam Savage-
jueves, 19 de julio de 2012
Mamut
Mamut es una película que se ve sin pena ni gloria y sin que cale hondamente en el ser de nadie, a mi entender. Pero lo cierto es revisionando esta cinta, casi dos años después, y poniéndola en el contexto en el que ahora nos encontramos sí que ha hecho que me cuestione ciertas cosas. El argumento ahonda en el "precio"que pagan todas las familias. Un joven matrimonio con unas exitosas carreras profesionales (ella es doctora y él un joven que ha hecho fortuna con una página web) tiene una hija a la que no puede dedicar el tiempo que desean y la dejan al cuidado de una cariñosa y dulce niñera que ha emigrado a la otra punta del globo dejando a sus propios hijos para ocuparse con deliciosa dedicación de la dulce niña. El matrimonio vive en un enorme loft en Nueva York, tiene todo tipo de juguetes tecnológicos, viste prendas North Face y tiene la nevera más grande que jamás he visto y soñado. Lo raro, es que viendo esta película, en España, con mi sueldo de mileurista, viviendo de alquiler y comiendo a veces gracias a mis padres me sentía más cerca del matrimonio que de la niñera inmigrante. Y esto resumen muy bien lo que nos ha pasado a muchos, y de lo que son culpables unos pocos.
Cómo es posible que nos tragáramos de verdad que somos octava potencia mundial, o que todos podíamos tener el mismo móvil que Bill Gates (o Steve Jobs, mejor dicho). Que cualquier alcalde de cualquier ciudad española, por pequeña que fuese tenía derecho a inaugurar grandes infraestructuras, presidir eventos deportivos o congresos vacíos de significado cual emperador. El problema es que todos los que nos gobernaban en cualquier ámbito (local, provincial, autonómico...) se creían más cerca de esos jóvenes neoyorkinos que de la inmigrante. Parece que las lecciones de Historia, que ahora se ven recortadas y que los detractores de la Humanidades consideran obsoletas, se tornan imprescindibles. Si todos los que llevaban el timón del barco conocieran la historia de España quizás seguiríamos siendo "pobres" , eso que ahora se nos antoja un lujo.
http://www.filmin.es/pelicula/mamut
Cómo es posible que nos tragáramos de verdad que somos octava potencia mundial, o que todos podíamos tener el mismo móvil que Bill Gates (o Steve Jobs, mejor dicho). Que cualquier alcalde de cualquier ciudad española, por pequeña que fuese tenía derecho a inaugurar grandes infraestructuras, presidir eventos deportivos o congresos vacíos de significado cual emperador. El problema es que todos los que nos gobernaban en cualquier ámbito (local, provincial, autonómico...) se creían más cerca de esos jóvenes neoyorkinos que de la inmigrante. Parece que las lecciones de Historia, que ahora se ven recortadas y que los detractores de la Humanidades consideran obsoletas, se tornan imprescindibles. Si todos los que llevaban el timón del barco conocieran la historia de España quizás seguiríamos siendo "pobres" , eso que ahora se nos antoja un lujo.
http://www.filmin.es/pelicula/mamut
martes, 20 de septiembre de 2011
Inmersa en Rayuela...
Mi lectura actual, no sé si tardía, creo que marcará, está marcando de hecho, mi manera de ver la literatura y el mundo del arte. Rayuela, sólo Rayuela, quizás siempre Rayuela y siempre Horacio. Buceando en el mundo de esta obra me he acercado a blogs y páginas que cada día me deslumbran. Descubriendo a Cortázar puede que me haya demorado imperdonablemente en acercarme a este escritor, espero disfrutarlo y saborearlo y lo único que me consuela de haber llegado tan tarde a él es pensar en lo mucho que nos queda juntos... Poquito a poco, cada vez más sumergida en su mundo.
"Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.
Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso -lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco).
Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta L'année dernière à Marienbad, ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre."
La vuelta al día en ochenta mundos. Siglo XXI. 1967
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Corazón tan blanco
El lunes pasado le preguntaban a Antonio Banderas en Los Desayunos de Tve si le hubiese gustado votar en referéndum la reforma de la Constitución. Contestó que sí… matizando su respuesta con una condición: siempre que no se esté en circunstancias especiales o extraordinarias como parece que son las que sufrimos. Sostenía, si no le entendí mal, que quizás el equipo de gobierno conocía datos que realmente situaban nuestra economía al borde del abismo o del temido “rescate” y que para pararlo (si es que eso es pararlo) había que cumplir las exigencias del núcleo duro europeo. Expresaba algo así como que quizás fuese mejor que esos datos, ese abismo inmediato, no fuesen conocidos por la sociedad y utilizó la metáfora de que si un alcalde supiese que se avecina un terrible terremoto no sería más beneficioso evacuar tranquilamente a la población, aún con su desconocimiento, asombro o indignación antes que sembrar la alarma por el advenimiento de esa catástrofe. Una cuestión presente un todos nosotros: la necesidad de conocer. Y junto a ella la indivisible necesidad de revelar. Quién no ha tenido alguna vez la disyuntiva de contar o no algo que sabe puede resultar desastroso y cambiar el sino de la persona receptora del mensaje.
En esto anduve metida el pasado mes a raíz de la lectura de Corazón tan blanco de Javier Marías, un libro que se metió en mí desde el primer momento y por el que el autor hace deambular de forma magistral la funadamental Mabeth, que da de alguna forma título al libro. Sacando sólo uno de los temas y trayéndolo a lo que está pasando en este convulso y acabado verano también a mí me surge esa creencia de que realmente sí estamos en ese abismo, pero que tanto para el gobierno como para Europa es mejor mantenerlo “en secreto” de alguna manera y así evitar un caos mayor, pues parece que el desplome final de España sería la explosión final de Europa. Puede que el gobierno quiera proteger nuestro corazón tan blanco de la desolación que provocaría el conocimiento de la realidad y el futuro que nos espera. A lo mejor ve a todos los indignados, con sus corazones blancos, creer y tener esperanzas y prefiere no romper esas ansias y expectativas de cambio, del cambio que piden ellos, no del que otros proponen y aseguran, y crea que es mejor un “reformazo” y no destruir la poca fe que queda en que se podrá salir del túnel y restituir todo lo que hemos ido perdiendo en estos tres años horribles.
En el libro, el día de su boda, el protagonista asiste perplejo a una charla con su padre, en la que cobra importancia el consejo que el último le da a su vástago: si tienes secretos no se los cuentes a ella. A través de la lectura de la novela descubro lo conveniente e incluso vital que resulta mantener en secreto posibles hechos o datos. No desvelarlos nunca, no mancharles el corazón a otros con tus perversiones o errores pasados, no destrozar esa burbuja de esperanza y salvación que puede proporcionar la ignorancia en múltiples ocasiones. Puede que sea esto lo que se esconde detrás de la a priori innecesaria, irracional y súbita reforma; o puede que sea esta una imposible esperanza sólo fruto de mi corazón tan blanco.
domingo, 7 de agosto de 2011
Viajar, viajar, viajar...
Pocas cosas envidio más de aquéllos que gozan de una situación económica desahogada que el hecho de poder viajar. No hay lujo del que disfruten que yo cambiase por el placer de viajar despreocupadamente al menos dos veces al año. Cierto es que junto con el dinero hace falta tiempo para disfrutar de todo lo beneficioso que te ofrece la actividad viajera. Este verano he disfrutado de un viaje que ni en sueños pensé realizar. Quizás porque nunca me vi como una persona viajera en ese romántico sentido de la palabra. Escogí la ruta sin pensarlo demasiado, el Benelux, un pase económico y que me ofrece ver tres países que nunca había marcado en mi mapa de próximos viajes imaginarios. Ahora sé que la ignorancia es atrevida. Es esa una zona de ensueño que me recondujo a un lugar que había abandonado. Lo maravilloso de viajar al extranjero es que te ofrece muchas visiones diferentes. La primera la del país que visitas. Por todo aquello que lo diferencia del nuestro, aunque probablemente es cada vez menos, ya que en todas las ciudades europeas encontramos las mismas tiendas, burguers, cafeterías… Otra visión es la que percibes de tu país desde fuera, aunque sea por poco tiempo y gracias a lo que los lugareños te cuentan de tu madre patria. Y otra visión es la que consigues de ti mismo en un lugar diferente, con gente diferente y viviendo cosas apasionantes. Miras la ciudad,ña gente, cómo se hablan, se miran, sonríen y caminan. El verte observando a desconocidos imaginando historias, sus vidas. Escudriñando a otros turistas. Cómo viajan y reaccionan ante la magnitud de la ciudad que descubren. Y si tienes la suerte de encontrar música en directo casi por donde quiera que vayas te sientes en una novela. Eres una persona distinta que podría ser protagonista de una historia cosmopolita y solitaria, bohemia y romántica, negra y misteriosa. La verdad es que sólo veo ventajas en viajar, con muchos o pocos medios, pero viajar, viajar viajar…
domingo, 24 de julio de 2011
PARALELISMOS EXAGERADOS
Ilustración de Gallardo
Ya hace mucho tiempo que me gusta leer o ver en internet entrevistas a periodistas a los que admiro o de los que me gusta su trabajo. Algo paradójico y hasta contradictorio; será que echo de menos programas de entrevistas largas a personajes que tengan algo más que contar que lo horrible que puede llegar a ser una vida mediocre que venden al mejor postor.
Todos ellos, los periodistas a los que entrevistan, coinciden en un momento en todas las entrevistas. Ese momento es cuando el entrevistador, sea cual sea, le pregunta por cómo ve en la actualidad el periodismo, o la labor de periodista o el momento que vive la prensa a nivel general. La respuesta se torna similar. Coinciden en que el problema de la prensa a nivel mundial, y aquí no se salva casi ningún tipo de periodismo (sociedad, política, económica, deportiva…) es el hecho de que han entrado en juego grandes corporaciones, empresas que no son meros jugadores sino que marcan poco a poco las reglas del juego.
No es que sea una temerosa del mercado pero desde luego estoy muy lejos de pensar que es el dios salvador que tantos veneran en este siglo. También sé los riesgos que implica que sea el sector público el que ofrezca cierto tipo de servicios pero espero que exista en la mente de algún pensador con influencia política un término medio. Lo que intento expresar es que teniendo en cuenta la importantísima labor que en sociedades democráticas ejerce la prensa como es posible que esté de rodillas ante intereses económicos. Si necesitan una ley (orgánica ni más ni menos) que proteja su función y asegure su libertad ante posibles presiones gubernamentales, ley que todos entendemos, pues la prensa y el periodista han de ser libre para formar opinión pública, columna vertebral en una sociedad democrática, cómo es posible que estén vendidos a grandes holdings. Esto obviamente me viene a la cabeza cada vez que leo un nuevo capítulo de la gran historia de Murdoch. Pero exagerando un poco voy más allá… Qué pasará el día en que entreguemos también la sanidad o la educación a corporaciones privadas que sólo buscan beneficios económicos. Si, como ocurre con la prensa, un magnate que vive y se enriquece fuera de nuestras fronteras fuese el que poseyera y administrase la sanidad sin control y sin pensar en lo importante que es para una sociedad ésta. Es exagerado comparar ambas, sanidad y prensa libre de calidad, pero a mi parecer ambas son importantes para una sociedad sana y madura, capaz de superar el embrollo en el que otros nos han metido y volverán a meternos.
No hace mucho asistí, obligada, a una conferencia de un hombre muy relacionado con la administración sanitaria. Con toda esa burocracia que conlleva el hecho imprescindible de administrar salud. Estaba preocupado por el futuro de nuestro sistema. Le asustaba que algo que ya está pasando en ciertos casos se convierta en la tónica general. Se refería al hecho de que compañías de seguros españolas se están deshaciendo de sus hospitales para venderlos a grandes grupos árabes o americanos, quedando ellas como meras gestoras o intermediarias. Estos hospitales en esa nuevas manos ofrecerían cirugías menores de calidad y adornadas con toda la pompa con la que el mercado sabe adornar para vender sus productos, pero se negarían a ofertar servicios vitales, más feos y menos rentables: oncología, cardiología y similares. Los pacientes que necesitasen de esos poco rentables servicios son derivados a nuestros hospitales públicos. Esto, de momento, porque qué pasará cuando ya no quede ninguno. ¿Llegará ese día? Quizás pensar en un país sin hospitales públicos, sin educación pública y sin prensa libre sea demasiado. Sí, es exagerado.
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