miércoles, 18 de septiembre de 2013

Lo peor de nosotros.


 

Leyendo Intemperie, este deslumbrante libro de Jesús Carrasco, pienso en el poco tiempo que ha pasado desde que este país podía suponer para muchos un verdadero infierno. Aunque en la novela el autor, muy acertadamente, no especifica ni el tiempo exacto ni el lugar concreto cualquiera que se acerque a ella puede especificar el período político en el que la misma se desarrolla así como reconocer que es el arduo campo español el que sirve de escenario. 

Esa época relativamente cercana de poderosos sin límites y sin escrúpulos, llenos de crueldad; y época también de sometidos al yugo de aquéllos sin más destino que procurarse la supervivencia. Realmente de eso hace tan poco que quedan todavía muchos que podrían dar testimonio de todo el sufrimiento y el dolor que algunas clases sociales padecían, sin tener otro camino más que el de marcharse. Pienso también en la mala memoria de este país, en el que muchos de aquellos poderosos que amparaba a los sádicos no sólo no  perdieron su poder al acabarse el Régimen, sino que legaron el mismo extendiéndose hasta nuestros días de democracia estando presente en las más altas instituciones de España. Esos mismos pomposos apellidos que estremecían y asustaban a muchos en la época de la Dictadura siguen repitiéndose en el ámbito de la política, la justicia, la enseñanza académica, las universidades y los hospitales. Pienso en lo que me enorgullece pertenecer a una familia sin rancio abolengo, de apellidos comunes, que nada tuvo que ver con que en esta patria mía se ejerciese contra niños, ancianos, gentes de todo tipo, la más abyecta de las violencias. 

Quizá es la cercanía con los personajes de la novela lo que me llena ahora de rencor e incluso de odio. Odio hacia aquéllos a los que no conocí ni padecí. Será este odio lo que me hace despreciar aquella amnistía que fue necesaria para el triunfo de la democracia y que dejó impune tantos crímenes crueles y llenos de saña.  Ese silencio que se impuso en los primeros años de la Transición y que se ha extendido hasta ahora dejando los crímenes no solo impunes sino también incluso sin reconocimiento, como si realmente no hubiese existido la Dictadura y la guerra hubiese acabado en 1977 con muertos, heridos y crímenes por las dos partes. Parece que olvidamos la represión, el abuso y el sometimiento que sufrieron todos los ciudadanos durante el Régimen por los poderosos y sus lacayos. Es el talento del autor al narrar los horrores de la época, la espantosa situación a la que tantos se veían expuestos lo que me hace desear el ojo por ojo, diente por diente. 

A veces la literatura también saca lo peor de nosotros. 

viernes, 13 de septiembre de 2013

Ya estás aquí.














Septiembre. Tardo en escribir de ti porque me irritas, me molestas y hasta me haces daño. Porque septiembre con el paso de los años deja de ser ese mes de nuevos horizontes para convertirse en el verdadero jarro de agua fría del año. Ese que te recuerda todo lo que ibas a lograr dos o tres "septiembres" atrás y no has alcanzado. Te muestra sin optimismos ni filtros de Instagram donde estás exactamente, donde has llegado de verdad y de donde no te has movido. Porque septiembre no perdona las perezas del pasado y solo deja pasar a los que han triunfado en los cánones de los magazines televisivos (sí, solo esos triunfadores) Y con septiembre el riesgo de exclusión social es tan elevado que visión positiva de su llegada se me hace imposible.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Parar de leer

Leyendo el blog del Centro de Estudios Literarios Antonio Román Díez de Badajoz ( CELARD ) he encontrado una de las frases utilizada en su concurso de micro relatos: "No me mates, deja de leer". Y es que no querer matar al personaje es algo que a todos nos ha pasado, no ser asesinos de aquellos que nos están acompañando y sobre todo nos están dando todo de sí mismos. El personaje por malvado que sea te resulta sobre todo, por la propia naturaleza de la actividad lectora, cercano. Tanto que pocas veces, por muy abyecto que se nos presente, puedes matarlo sin ningún tipo de dilema moral o de pellizco interior. Insisto, incluso a los más abominables cuesta dejarlos ir. 

Más duro es sin duda cuando el final viene poco a poco anunciándose en el texto. En esas obras en las que adivinas como el sufrimiento se convierte en el permanente compañero, en su tónica vital hasta doblegar a nuestro protagonista y hacerlo sentir desesperado. Resulta insoportable verla caminar poco a poco desde su cuarto hacia la puerta de la calle. Presa de los celos y viéndose víctima de la mayor traición posible; "observar" cómo sale de su casa y la deja atrás, sentir como se le acelera el pulso a medida que se acerca a su único destino. Se adentra en aquella estación que reventó su vida y, Anna, con su belleza incontestable, con toda su vergüenza y su amenazadora presencia llega a las vías del tren. No hay opciones, ni luz al fondo ni oportunidades. Ése es su único sino, su única opción. 


Entonces no quieres continuar. Quieres detenerla, sentarte a su lado en un banco y contarle que hay posibilidades, que hay elección. Que el tiempo en que las pasiones son duramente castigadas pasó, que en este tiempo, en este lugar puedes enamorarte Anna, puedes amar perdidamente, entregarte y embriagarte del otro. Vivir el amor carnal y espiritual con quien libremente escojas. Elegir el hombre con el que quieres pasar tu vida, equivocarte en la elección, rectificar y seguir. Anna podrás dar marcha atrás. Si no es con Vronsky serás feliz con otro, disfrutarás de tus hijos, pasarás el dolor y vivirás si quieres sola. Porque aquí, en este tiempo y en este lugar, puedes vivir libremente. 

Y ahora me doy cuenta que es literalmente en este momento y en este lugar. Que hoy en este planeta, y tanto tiempo después de la publicación de Anna Karenina ((1877), el destino de Anna sigue siendo el único posible para tantas mujeres, para tantas niñas en demasiadas partes del mundo. Que las obligan, las doblegan, las humillan, las violan, les arrebatan la esperanza y la posibilidad de vivir. Es descorazonador, duele y horroriza y quieres parar de leer.



miércoles, 11 de septiembre de 2013

La ciudad te seguirá...

Las ciudades, las grandes urbes y capitales inspiran. Este rasgo atrae hacia ellas a jóvenes artistas de todos los ámbitos: escritores, pintores, cineastas, poetas. Todos ellos buscan en las capitales la oportunidad pero también es cierto que, en mi opinión buscan la inspiración. Es un viaje que a veces recorre el camino contrario cuando el artista en cuestión ya está consagrado y huye a una especie de retiro voluntario. 

Lo cierto es que una ciudad y su gente a mí me resultan de lo más inspirador. Yo siempre he sentido esa alucinación de los no urbanitas por las ciudades. Siempre he vivido en pueblos no muy grandes cercanos a ciudades no muy grandes. Pero el hecho de acercarme a alguna de ellas, las ciudades, o de residir en alguna me hacía sentir distinta, mejor. Las ciudades siembran en mí la semilla del arte y de la superación intelectual. Algo que no es que me abandone cuando me voy de ellas pero que mientras estoy en ellas la semilla brota y brota hasta ocupar todo mi ser y llenarme de inquietud. 



En los tres grandes viajes que he hecho en mi escasa pero disfrutada vida viajera, siempre he ido acompañada de una libreta que he ido garabateando con letras y textos a veces sin sentido. Lo cierto es que desde el mismo momento en que el viaje tomaba forma los pensamientos no me dejaban tranquila y por ello tenía que dar salida a esa bomba a presión. Y el detonador de esta cadena era el simple hecho de observar. Observar a gente desconocida por completo, que viene y va, personas con las que a veces, por azares mágicos que te brinda la ciudad, te cruzas dos veces en tu viaje a  las grandes Bruselas, Viena o Ámsterdam. 




Observar las casas desde la calle, las ventanas sin esas persianas tan molestas que impiden que el interior despliegue todo ese encanto que deposita en tu cabeza un pequeño germen para que nazca una historia. Cotillear de la manera más sana las escenas diarias de una pareja o una familia en un salón amplio, en una pequeña cocina, ese hombre que se fuma un cigarro en su pequeña ventana. Desde luego observar es imprescindible para escribir y, en esta actividad de observación, para cualquiera que se quiera apuntar a ella, las ciudades son mucho más generosas.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Crónica de una decepción anunciada

El palo olímpico que hoy muestran todas las portadas de los periódicos españoles me parece un déjà vu. Lo cierto es que esta decepción mayúscula parece una vez más cosa de esa clase social llamada prensa. No creo que nadie en España diese por sentado ni que Madrid era favorita ni que por supuesto iba a ser olímpica. Es más, la noticia hubiese sido muy bien recibida si ayer por la noche nos hubiésemos enterado como quien no quiere la cosa de que nuestro país iba a volver a albergar unos juegos, o si con naturalidad se hubiese anunciado que finalmente Madrid no lo ha conseguido y que será Tokio la que los celebre. Lo que ocurre es que el tratamiento mediático en España, una vez más, se ha pasado de la raya. Que durante más de una semana no se hable de otra cosa más que de la candidatura. Que el país se haya parado durante una tarde entera como si estuviese, no ya celebrando la elección, sino la propia innauguración de los juegos es, a mi parecer, pasarse de la raya. Yo ni quería ni dejaba de querer unos juegos en Madrid. Veía muchas cosas negativas y como único rasgo positivo mi situación personal: si quiero ver unas Olimpiadas más me vale que sean aquí. Y es que nuestros medios, sobre todo nuestra televisión pública, parecen no aprender de la anual experiencia que supone,en esto de las elección o concursos por votos, Eurovisión. Todos los años se repite la misma canción previa al festival: la ilusión de la delegación española, lo encandilado que están los extranjeros con la gracia española, lo favoritos que somos. Esto mismo cada año, y esto mismo, por ridículo que suene también ayer y antes de ayer y toda esta semana escuchábamos una y otra vez de la candidatura de Madrid. Si la expectación no hubiese estado fuera de todo contexto, la "decepción" no hubiese sido gigante. Madrid hubiese vuelto sin ser elegida pero pudiendo volver a intentarlo sin este halo de cansino que no aprende y una y otra vez lo intenta. Pero claro, si esto hubiese tenido una cobertura dentro de los parámetros del sentido común nos habríamos perdido a Ana Botella ejerciendo de señora campechana y castiza en un discurso en un inglés botellero que no hacía ni una sola referencia ni al espíritu olímpico ni a la práctica o filosofía deportiva, no. Ella prefiere destacar las virtudes casposamente retratadas del pueblo madrileño reduciéndolo a un estereotipo preconstitucional. En fin, que perdernos eso en pro de la mesura mediática no sé si habría merecido la pena.

viernes, 6 de septiembre de 2013

De todos: mío, tuyo y también suyo.






En ocasiones valores supremos y deseables pueden tornarse peligrosos. España es un país solidario, qué duda cabe. Siempre que ha ocurrido una catástrofe y la desgracia azota a un pueblo o una región los españoles se vuelcan. Es uno de los países que encabeza la donación de órganos y no hace mucho que descubrimos como no sólo Galicia sino todo el país se volcaba en la donación de sangre tras el accidente del Alvia. Siempre hemos sido caritativos, quizá también por influencia del catolicismo, España es un país dado al trapicheo y a la caridad para lavar conciencias, igual que las bulas papales de hace siglos, a veces hay que soltar un poco de dinero para seguir pecando con la conciencia tranquila. Más caritativos que filantrópicos, por supuesto. Por eso no es de extrañar que sea en España donde tenga lugar el extraño caso del intento de apadrinamiento de estudiantes, para que salven a aquellos a los que el Estado ha dado la espalda y expulsa de la educación universitaria pública. Porque lo más sangrante de este asunto es que los estudiantes necesitados de padrinos son estudiantes de universidades públicas, no están pidiendo entrar en una de esas universidades españolas que te garantizan trabajo al acabar la carrera, ni desean hacer un carísimo máster que te coloca cuando lo acabas. 
Y es que en este país de solidarios y caritativos tenemos muy distorsionado el significado de lo público. Lo público es gratis, es mío, me pertenece y además no vale nada. El hecho de haber disfrutado de un estado de bienestar que ha permitido que disfrutemos por derecho de educación, sanidad y otros servicios sociales y culturales no significa que eso haya sido gratis. El hecho de que no paguemos una tasa cada vez que disfrutamos de un servicio no significa que no hayamos pagado ya por ello, es más, no significa que otros también hayan pagado por ello. Porque lo público no es gratis, es un gasto compartido, no es que o sea de nadie, es que es de todos. Lo que implica que sea mío pero también que sea de otros. Aunque quizás en este país entre socialista, tramposo y picaresco el concepto de la propiedad lo tengamos también distorsionado. 



viernes, 16 de agosto de 2013

Buen viaje. Enjoy your meal. Gute Reise. Bon Appétit. Good trip. Buen provecho. Bon voyage. Etc.

Da igual el idioma, da igual la forma. En todas y cada una de sus variantes me parece la filosofía de vida más válida y acertada. Porque viajar es la única cosa que compras y que te hace más rico (Travel is the only thing you buy that makes you richer). Porque como decía Mark Twain “El viaje es fatal para los prejuicios, el fanatismo y la estrechez de miras. Por eso muchos lo necesitan como medicina”. Viajar es una pasión, una virtud, necesario para crecer e imprescindible para empatizar.

Y junto a esta pasión, y esta necesidad, el placer culpable que supone la gastronomía. Nutrirse, alimentarse, cebarse con gula, saborear delicadamente cada bocado... Desayunar, comer, cenar... Y si es de viaje mucho mejor.