martes, 20 de septiembre de 2011

Inmersa en Rayuela...

Mi lectura actual, no sé si tardía, creo que marcará, está marcando de hecho, mi manera de ver la literatura y el mundo del arte. Rayuela, sólo Rayuela, quizás siempre Rayuela y siempre Horacio. Buceando en el mundo de esta obra me he acercado a blogs y páginas que cada día me deslumbran. Descubriendo a Cortázar puede que me haya demorado imperdonablemente en acercarme a este escritor, espero disfrutarlo y saborearlo y lo único que me consuela de haber llegado tan tarde a él es pensar en lo mucho que nos queda juntos... Poquito a poco, cada vez más sumergida en su mundo.





"Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone. Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.



Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas. Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso -lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad- yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco).



Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforecente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con lo que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua. La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta L'année dernière à Marienbad, ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio. Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre."



La vuelta al día en ochenta mundos. Siglo XXI. 1967

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Corazón tan blanco

El lunes pasado le preguntaban a Antonio Banderas en Los Desayunos de Tve si le hubiese gustado votar en referéndum la reforma de la Constitución. Contestó que sí… matizando su respuesta con una condición: siempre que no se esté en circunstancias especiales o extraordinarias como parece que son las que sufrimos. Sostenía, si no le entendí mal, que quizás el equipo de gobierno conocía datos que realmente situaban nuestra economía al borde del abismo o del temido “rescate” y que para pararlo (si es que eso es pararlo) había que cumplir las exigencias del núcleo duro europeo. Expresaba algo así como que quizás fuese mejor que esos datos, ese abismo inmediato, no fuesen conocidos por la sociedad y utilizó la metáfora de que si un alcalde supiese que se avecina un terrible terremoto no sería más beneficioso evacuar tranquilamente a la población, aún con su desconocimiento, asombro o indignación antes que sembrar la alarma por el advenimiento de esa catástrofe. Una cuestión presente un todos nosotros: la necesidad de conocer. Y junto a ella la indivisible necesidad de revelar. Quién no ha tenido alguna vez la disyuntiva de contar o no algo que sabe puede resultar desastroso y cambiar el sino de la persona receptora del mensaje.


En esto anduve metida el pasado mes a raíz de la lectura de Corazón tan blanco de Javier Marías, un libro que se metió en mí desde el primer momento y por el que el autor hace deambular de forma magistral la funadamental Mabeth, que da de alguna forma título al libro. Sacando sólo uno de los temas y trayéndolo a lo que está pasando en este convulso y acabado verano también a mí me surge esa creencia de que realmente sí estamos en ese abismo, pero que tanto para el gobierno como para Europa es mejor mantenerlo “en secreto” de alguna manera y así evitar un caos mayor, pues parece que el desplome final de España sería la explosión final de Europa. Puede que el gobierno quiera proteger nuestro corazón tan blanco de la desolación que provocaría el conocimiento de la realidad y el futuro que nos espera. A lo mejor ve a todos los indignados, con sus corazones blancos, creer y tener esperanzas y prefiere no romper esas ansias y expectativas de cambio, del cambio que piden ellos, no del que otros proponen y aseguran, y crea que es mejor un “reformazo” y no destruir la poca fe que queda en que se podrá salir del túnel y restituir todo lo que hemos ido perdiendo en estos tres años horribles.

En el libro, el día de su boda, el protagonista asiste perplejo a una charla con su padre, en la que cobra importancia el consejo que el último le da a su vástago: si tienes secretos no se los cuentes a ella. A través de la lectura de la novela descubro lo conveniente e incluso vital que resulta mantener en secreto posibles hechos o datos. No desvelarlos nunca, no mancharles el corazón a otros con tus perversiones o errores pasados, no destrozar esa burbuja de esperanza y salvación que puede proporcionar la ignorancia en múltiples ocasiones. Puede que sea esto lo que se esconde detrás de la a priori innecesaria, irracional y súbita reforma; o puede que sea esta una imposible esperanza sólo fruto de mi corazón tan blanco.